Dónde vivir Día de Muertos en México: cuatro destinos donde la memoria tiene lugar propio

Cada año, entre los últimos días de octubre y los primeros de noviembre, México se transforma. Las casas se reacomodan para recibir. Los panteones se limpian, se pintan y se llenan. La pregunta de dónde vivir el Día de Muertos aparece entonces en miles de búsquedas, y casi siempre se responde con la misma lista de postales.

Este recorrido propone otra cosa: cuatro lugares donde los rituales mexicanos ocurren. Uno de ellos, Tequila, Jalisco, muestra dónde se sostiene, durante todo el año, el oficio que dejaron los que ya no están.

Los rituales mexicanos no son un espectáculo

Los rituales mexicanos del Día de Muertos son, en su origen y en su práctica, actos domésticos y funerarios. Una ofrenda no es una instalación. Una velación no es un show nocturno. Son gestos que las familias repiten para acompañar a los suyos y que existirían igual si nadie los mirara.

Eso cambia la forma de acercarse. Quien visita estos destinos llega a la intimidad de otros. Los cuatro destinos que siguen tienen algo en común. Cada uno conserva un gesto propio, específico, que no existe igual en ningún otro lado.

Pátzcuaro y Janitzio, Michoacán

En la cuenca del lago de Pátzcuaro, la noche del 1 al 2 de noviembre tiene nombre en purépecha: Animecha Kejtzïtakua, la velación de las ánimas. Empieza cerca de la medianoche y no termina hasta que aclara.


El gesto que la distingue: cuando un niño de la comunidad fallece durante el año, sus padrinos levantan un arco de carrizo cubierto de cempasúchil, con pan y fruta colgando, y lo cargan hasta la tumba. Ese arco se arma una sola vez: en el primer Día de Muertos del niño. Después, nunca más.


Janitzio concentra las cámaras y los ferris. El rito respira mejor en las orillas, en Tzintzuntzan, en Ihuatzio, en Arócutin, en Cucuchucho, donde la noche todavía le pertenece a quien la vela.

Tequila, Jalisco

Tequila no aparece en la mayoría de las listas de dónde vivir Día de Muertos, y no compite con Janitzio o con Oaxaca en ese terreno. Lo que Tequila conserva es el otro lado del mismo asunto: no la noche en que se recuerda a los difuntos, sino los más de doscientos años en que un oficio pasó de generación en generación, sin interrumpirse nunca.

Oaxaca

Oaxaca lleva el duelo a la calle. Las comparsas de los Valles Centrales, entre ellas la muerteada de San Agustín Etla, salen de noche y no vuelven hasta bien entrada la mañana siguiente, con banda, con máscara y con una coreografía que lleva generaciones ajustándose.


El detalle que lo distingue: el pan de muerto oaxaqueño lleva incrustado un rostro pequeño de pasta pintado a mano que representa al difunto a quien se le ofrenda. Cada pan tiene destinatario propio.


En el panteón de Xoxocotlán, los tapetes de arena se trazan sobre las tumbas, hasta que la próxima lluvia se los lleve.

San Andrés Mixquic

A poco más de una hora del centro de la capital, Mixquic conserva su ritual doméstico tan significativo. El 1 de noviembre los niños recorren las calles con campanas mientras piden por las ánimas. Este ritual se llama “la campaneada”, y funciona como aviso.


La noche del 2 llega la Alumbrada. Al caer el sol, las familias entran al panteón de San Andrés Apóstol y encienden veladoras sobre cada tumba, una por una, y se quedan. La gente se sentada junto a sus seres queridos difuntos hasta que se acaba la cera.

El oficio como forma de memoria

Un jimador aprende de su padre. El maestro tequilero que hoy decide cuándo una cosecha está lista aprendió de alguien que ya no está. En el paisaje agavero, Patrimonio Mundial desde 2006, cada campo de agave que ves fue plantado por alguien que sabía que tal vez no llegaría a cortarlo.

Si lo tuyo son las tradiciones que siguen en pie porque se sostienen con un oficio heredado, aquí hay una que lleva siglos haciéndolo a la vista de todos.

Destilería La Rojeña, y el camino hasta ella

Destilería La Rojeña abrió sus puertas en 1795 y no ha dejado de trabajar desde entonces. Es la destilería de tequila más antigua de América Latina. Recorrerla es seguir el proceso completo, del agave a la madera, y entender por qué el tequila termina apareciendo en las ofrendas mexicanas: se le sirve al que vuelve porque acompañó al que se fue. En la ofrenda, la copa representa un lugar puesto en la mesa.

Al paisaje agavero también se llega de una forma que forma parte de la historia. El tren Jose Cuervo Express recorre las vías entre Guadalajara y Tequila atravesando los campos de agave que dieron origen a todo esto, por el mismo corredor que durante más de un siglo movió el tequila hacia el resto del país.

Entonces, ¿dónde vivir Día de Muertos?

No hay una sola respuesta correcta. Janitzio, Oaxaca y Mixquic guardan la noche en que los muertos vuelven, y ninguna lista los reemplaza. Tequila, por su parte, guarda la prueba de que la memoria también se sostiene despierta, todos los días, en un oficio que nadie dejó caer.